Fecha de actualización: Martes 6 de septiembre de 2022
Tal como canta Amaral: “no quedan días de verano”. Se aproxima el fin de agosto y por ende, llega septiembre y con él el fin de las vacaciones. La vuelta a la rutina debería significar una reincorporación a la oficina llena de ánimo y motivación, pero no siempre es el caso. Si en vez de sentirnos llenos de energía y dispuestos a trabajar, nos encontramos en un constante estado de preocupación, estrés y amargura, desánimo y agotamiento, podríamos estar padeciendo el síndrome postvacacional.
En la vida, lo único constante es el cambio. El ser humano es capaz de adaptarse al cambio, pero al principio, le cuesta. Pasar de un ambiente relajado, como son las vacaciones de verano, en donde predomina descansar y desconectar, al ámbito corporativo donde debemos cumplir apresuradamente con las exigencias y obligaciones laborales, comprende un cambio brusco y repentino que provoca estrés. El estrés en sí es una respuesta adaptativa y normal, pero si persiste en el tiempo, puede suponer un desgaste y agotamiento perjudicial para nuestra salud. Así surge el síndrome postvacacional.
¿Cómo puedo identificarlo?
La fatiga, la falta de apetito, la somnolencia y los dolores musculares son algunos de los síntomas físicos que pueden presentarse. A estos, hay que sumarles los síntomas psicológicos, como son la apatía, la inquietud, la irritabilidad y hasta la tristeza. Esta sintomatología empeora nuestro procesamiento cognitivo: se disminuye la atención y la concentración, lo que, a su vez, afecta negativamente a la memoria, ya que no estamos procesando la información correctamente, en primer lugar, por lo que nos será difícil retenerla y recuperarla.
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Última visita: 06/09/2022